
Me gusta que haya princesitas en los cuentos. Sobre todo si se las comen o las dejan encerradas en una torre.
Pero en la vida real no puedo evitar ser republicanota del todo, que por algo una está orgullosa de sus raíces francesas. Ya saben, revoluciones, guillotinas, dolores de cabeza...
A ver si nos entendemos, si algunas casas reales hasta me caen bien cuando las veo jugando con sus perros o saliendo a correr con ellos por el parque. Pero eso de que la Princesa Huesitos, creo que por aquí la conocen como Letizia, haya enviado al exilio jardinero al perro que vivía en su casa me parece fatal de la muerte. Si a la chica no le gusta convivir con un ser inteligente y civilizado, siempre puede ser ella la que se pille saco de dormir y tienda de campaña y se pase las noches aullando a la luna. Y me parece fatal también que el otro, con todo lo largo y pavisoso que es, se lo haya consentido. ¿Cómo va un pueblo a confiar en alguien que se olvida de los amigos de verdad en cuanto conoce a una marimandona escuchimizada?
Yo coincidí con ella cuando me invitaron a la entrega de los premios Guau de Oro, a las mejores interpretaciones caninas de la tele y el cine. Y me dio muy mal rollo, porque iba siempre con la nariz levantada y cara de estreñimiento precoz. Yo creo que le caí fatal, y me alegro. Porque en una misma habitación sólo caben dos reinas. Y la que había allí era yo.
Ha sido enterarme de que ha echado al pobre perro de la casa y dispararse la Olympe de Gouges que llevo dentro. En este país lo que hace falta es una buena guillotina. Zass.





